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San Isidro
 

Historia
 
En 1535 Carlos V había dispuesto: "Repártanse las tierras sin exceso entre los descubridores y pobladores antiguos y sus descendientes que hayan permanecido en la tierra, y sean preferidos los más calificados". Cada poblador recibió por entonces una franja de entre 300 a 500 varas de ancho y 1 legua de fondo. ¿Le suena familiar? En efecto, la avenida Fondo de la Legua debe su nombre a la senda que se formó donde terminaban los terrenos de los primeros pobladores conocidos con nombre y apellido. Una vara equivalía a 0,849 metros en 1740 (en Castilla valía 0,835 metros, pero variaba en las provincias), mientras que la legua consta de seis mil varas.

Poco después de la segunda fundación de Buenos Aires, el 24 de octubre de 1580 lo que se conocía como la banda Norte del Gran Paraná fue dividida en 65 suertes de chacras, que empezaban en la barranca (no en el río) y que no fueron amojonadas, hecho que generó pleitos hasta nuestro siglo. Además Juan de Garay adjudicó 30 suertes de estancia. Estas eran de media legua por una legua y media (3000 por 9000 varas).

La primera fue de Juan Ruiz de Ocaña y formaba parte del actual partido de San Isidro. Dentro de la primera estancia estaba la chacra de Márquez. La cabecera estaba sobre el río de las Conchas (actual río Reconquista). ¿A qué viene toda esta especie de división catastral? A que 17 de las 65 chacras estaban en lo que hoy es San Isidro, por entonces conocido como el Pago del Monte Grande o de la Costa, que llegaba casi hasta la ciudad de Buenos Aires: abarcaba San Isidro, Vicente López y San Martín, e incluso hasta Belgrano.

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Con el gobierno patrio se construye el puerto de San Isidro. Para inagurarlo en 1825 amarra el "Druid", primer barco a vapor llegado al Río de la Plata.

Estas tierras de la ribera norte eran todas "tierras de pan llevar". Pero como se imaginarán fue poco lo que se hizo por aquellos años. Sólo pensemos que recién en el 1600 Buenos Aires ve aparecer la teja y el ladrillo, y que a mediados del siglo XVIII lucirá casas de dos pisos.

¿Qué era de las tierras sanisidrenses? Una vasta llanura, cual inmenso océano.

El espectáculo no cambió mucho con el correr de los años. Ciento veinte años después del reparto de lotes seguían viéndose simplemente casas bajas, de madera y barro, forradas con cueros, pajas. Dejemos correr unos treinta años más... y todo sigue igual, pocos árboles, nada de piedras, un horizonte distante en el que se funden cielo y tierra.

Hablando de nombres y apellidos de la zona, se sabe que el Primer Comisionado, en el 1717 fue un tal Juan Benavídez. Pequeñas casas, chacras en inmensos campos, salpican el monótono paisaje. De a poco esas fincas irían adquiriendo importancia. Tanta que en épocas coloniales puede manifestarse que abastecían a Buenos Aires. A pesar de que se tardaba unas seis o más horas, con suerte, para llegar desde el centro hasta San Isidro. No había otra que ir en carreta por los penosos caminos (ni carruajes ni galeras -¿Cómo hacer para superar los lodazales con una decena de pasajeros a cuestas?-).

El cambio empieza a producirse a fines del siglo XVIII y principios del XIX. Aparecen las chacras veraniegas y las quintas. Era común ver esas típicas casas con patio central, aljibe, azotea y galería. Y para acompañar el descanso y el placer llegaron las arboledas, y la sofisticación europea. Las más variadas fuentes, esculturas y ánforas adornaban el ambiente por doquier. Los acaudalados porteños comienzan a ver el atractivo del lugar con mayor interés, deambulando por jardines frutales tan nobles como las ricas tierras.

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Podemos decir en realidad que la alineación jurisdiccional comienza a entreverse en el año 1779. Dicho año se nombró a Juan Francisco Zacarías de Arroyo Alcalde de la Santa Hermandad. Fue el primero en su cargo -que nombraba anualmente el Cabildo de Buenos Aires- y tenía funciones de autoridad judicial del Pago de la Costa. Al independizarse nuestro pueblo de España, la vieja alcaldía colonial se convirtió en municipio y su último Alcalde de la Hermandad, Martín Campos, fue el primer Juez de Paz.

San Isidro empezaba a ser el pueblo electo paro los fines de semana. Los domingos y días de fiesta se organizaban cabalgatas, algunas que llegaban desde el centro mismo de Buenos Aires. El pueblo cobra renombre con los personajes que descansaban en sus casas. En sus quintas se forjaron sueños de Revolución para Sudamérica. San Martín, Pueyrredón, Liniers, son sólo algunos de los ilustres nombres que se ven ligados a San Isidro. La Quinta de Pueyrredón fue, por ejemplo, centro de reuniones estratégicas de la Revolución.

San Isidro se caracterizó por las numerosas postas, ya que era un punto de descanso en el largo viaje a las provincias del norte de nuestro país. Había cuatro caminos: el del Bajo casi bordeando al río, el del Fondo de la Legua (primera frontera de la civilización), el que iba a las Lomas de San Isidro (también conocido como camino del medio por las actuales Fleming y Andrés Rolón), y el del Alto. Tales caminos parecen eternizarse en los ramales de la famosa línea de transporte colectivo 60, cuyo célebre recorrido tiene su cabecera en el Tigre.

Una de las principales postas para los viajeros estaba donde la avenida Márquez se cruza para cambiar el nombre de la avenida Centenario en Santa Fe. Tuvo muchos nombres, pero se la recuerda como la Casa de los Esclavos de Pueyrredón (de fines del siglo XVIII). Era una típica pulpería, que fue demolida en 1935. Muchas de esas postas eran pulperías, almacén o herrería. Como la Posta de Antonio Brisco o la de "El Antiguo Calcagno" (conocida también como El Triunfo, y donde funcionara la primera comisaría de la zona).

En 1856, en la casa de los Alfaro (San Martín esquina Ituzaingó) se desempeñó el primer gobierno municipal. Fernando Alfaro, comerciante y dueño de una fábrica de jabón y velas, fue el primer presidente de la municipalidad de San Isidro. Recién en 1875 se construiría el Palacio Municipal. Pero doce años antes ya se había inaugurado el Ferrocarril del Norte, con lo que se empezó a regularizar también el correo.

¿Cómo y cuándo es que surge San Isidro como ciudad? Vale la pena contar previamente las andanzas de un joven que allá por 1680, y con 22 años a cuestas, llega un siglo después de Garay a Buenos Aires. El joven en cuestión, Domingo de Acassuso, quien hará fortuna en el comercio de rubros diversos, incluyendo la trata de negros (usual en aquel tiempo) e iría adquiriendo mucho poder gracias a sus contactos por los negocios. Acassuso es considerado el fundador de la ciudad de San Isidro. En aquel tiempo el Puerto de Las Conchas era un centro de activo contrabando. Acassuso fue su administrador en un período, y cobró bien (las malas lenguas hablan también de contrabando y coimas). Con su fortuna fue comprando tierras en el pago de la Costa, decide fundar una capilla y una capellanía (obteniendo el permiso el 14 de octubre de 1706) y pide la advocación de San Isidro Labrador, siguiendo la tradición de su familia en el País Vasco. Y como ocurre comúnmente, alrededor de la iglesia comienza a forjarse el pueblo. Sobre la primera capillita se construirá otra, y sobre esa misma se iniciará en 1707 la iglesia, que tendría su primera misa el 27 de mayo del año siguiente. Seis años más tarde Acassuso decide la construcción de una nueva, que se concreta hacia el final de 1720, y que se mantendría por más de un siglo.

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El 16 de junio de 1895 se celebra por última vez misa en ella y se procede a demolerla; sobre su terreno la futura catedral ya se gestaba. Tres años después ya estaba construido el templo estilo gótico que con su torre de casi setenta metros domina los cielos de San Isidro.

Aunque derruida por la inconsciencia - o mejor dicho por la conciencia interesada del hombre - San Isidro nunca dejó de mostrar los vestigios de una hermosa ciudad. Como si fuera un prisma, luce sus diversas caras con irreprochable argumento. No importa si sus calles céntricas son empedradas porque el perjuicio que ello trae aparejado logra mantener una de las más preciadas características del lugar. Aires de historia caminan a la par de los desprevenidos peatones, quienes desde sus altas veredas, algunas construidas en madera, se encuentran en una posición privilegiada. Las barrancas hacen que las actuales calles en bajada y en subida den a un paseo en auto un mayor deleite a la vista. Hacia el horizonte, el río que sirviera de vía a los treinta y tres orientales ha perdido su gracia y hoy está algo contaminado. A pesar de ello cientos de velas danzan sobre sus aguas, como saludando a quienes toman sol en las costas, o a aquellos barcos de todos los tamaños y formas que surcan el Río de la Plata husmeando algún puerto. Pero al contrario, si levantamos la vista desde el río hasta el ápice de la antigua catedral en menos de dos segundos contemplaremos la belleza de las barrancas y las escaleras que la recorren. Naturalmente San Isidro, una ciudad para vivir, una ciudad que disfruta del aire puro. Una ciudad que recién fue tal a mediados de este siglo veinte, pero que, como en la época de la colonia, frena absolutamente su ritmo cuando llega el domingo y sus costas y plazas se pintan de sosiego.

Domingo de Acassuso, el fundador

Fundamental personaje en la creación de San Isidro, nació el 22 de abril de 1658 en el Pueblo de Zalla, situado en un valle que atraviesa el Río Cadagua en la parte sudeste  de las Encartaciones de Vizcaya, cerca de la Villa de Valmaceda, fueron sus padres Domingo de Acassuso y María de los Terreros, todos vecinos del Pueblo de Zalla.

La historia rioplatense de Domingo de Acassuso, se puede iniciar cuando el 21 de febrero de 1861 llegó al Puerto de Buenos Aires formando parte como simple soldado de las compañias de infantes enviados a éstos dominios hispánicos ante la constante expansión portuguesa. Acassuso, tiempo después abandona la milicia para dedicarse al comercio con una casa de negocio a pocos m,estros de la Plaza Mayor , en la actual calle San Martín, entre Rivadavia y Bartolomé Mitre, frente a la Catedral Metropolitana. Su actividad comercial consistió en la venta de comestibles, géneros, herramientas de trabajo, velas de sebo, cerraduras, clavos, etc. incluyendo el rubro de tráfico de negros.

Su intensa actividad comercial no le impidió ejercer honrosos cargos en la administración colonial si tomamos en cuenta que en 1712 asumió la función de tesorero de las Reales Cajas. Contador de las mismas en 1721, recaudador de la limosna de la Bula de la Santa Cruzada en 1722, Alcalde de segundo voto durante los años 1715, 1716 y 1721, juntamente con el juzgado de menores.

Se convirtió en un hombre fortuna, circunstancia que lo puso en conbdiciones de levantar una capilla en los pagos de la costa, alejados de Buenos Aires y fundar una Capellanía puesta bajo la advocación de San Isidro Labrador, Santo tutelar de su familia que, en el pueblo de Zóquita, lugar cercano a Zalla, poseía una Capilla dedicada a venerar al Santo Labriego.. Consecuentemente, el 14 de octubre de 1706 rubricó la escritura de Fundación de la Capilla y Capellanía de San Isidro labrador, lo que dio orígen al nombre que hoy lleva el Partido.

Acassuso falleció en Buenos Aires el 8 de febrero de 1727, a consecuencia de un fatal accidente mientras inspeccionaba la obra de construcción de la Iglesia de San Nicolás de Bari, que también se le debe a su  generosidad. Aquella Capilla, levantada en el mismo lugar donde actualmente se encuentra la Catedral de San Isidro, fue reemplazada por un templo de mayores dimensiones para dar cabida a los cada vez más numeros feligreses lugareños, que fueron poblando esos pagos al paso de los años.


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