Como parte de los compromisos
firmados por México durante la
Conferencia de las Naciones Unidas
sobre el medio ambiente y el desarrollo,
se adoptó la denominada
Agenda 21, que es un documento
normativo con la perspectiva de alcanzar
un desarrollo sustentable en
los ámbitos social, económico y
ecológico. En el documento se explica
que la población, el consumo
y la tecnología son las principales
fuerzas determinantes del cambio
ecológico y con mucha claridad se
describe la necesidad de reducir las
formas de consumo ineficientes y
los desperdicios.
Entre otros rubros, se recomienda
la utilización de un modelo
de siete indicadores que incluye los
consumos de plaguicidas y fertilizantes,
los porcentajes de irrigación
de la tierra y el uso de energía con
fines agrarios, como evidencia de la
presión ejercida sobre el medio ambiente;
luego, se considera a la tierra
arable como un indicador del estado
del medio físico y, finalmente, a
la educación agrícola como indicador
de respuesta y vínculación
entre los siete indicadores. Estos indicadores
corresponden al capítulo
14 de la Agenda 21, en donde se describe
cómo promover la agricultura
sustentable y el desarrollo rural.
A su vez, los indicadores antes mencionados
forman parte de un grupo
de 132 indicadores y sus correspondientes
series de tiempo que han
sido ya estimados para el intervalo
de 1980 a 1994 y en conjunto constituyen
los insumos del modelo
presión-estado-respuesta (PER). Además,
apoyan la toma de decisiones
en materia de mejoría ambiental.
Descripción
El reto para la agricultura es el incremento
de la producción de alimentos
en una forma sustentable.
Una condición indeseable ha sido la
incorporación permanente de químicos
orgánicos que dañan a los ecosistemas;
los plaguicidas pueden ser
persistentes, móviles y tóxicos en la
tierra, el agua y el aire. También,
pueden tener un impacto negativo
sobre los seres humanos y la vida
animal a través de las cadenas alimenticias.
Los plaguicidas tienden a
acumularse en la tierra y sus residuos
pueden alcanzar las aguas superficiales
y los mantos acuíferos a
través de la lixiviación.
El uso intensivo de los fertilizantes
está relacionado con la eutroficación
de los cuerpos de agua, la
acidificación del suelo y la contaminación
del agua con nitratos. Los efectos ambientales dependerán de
las prácticas de abatimiento de la
contaminación, los tipos de suelo,
así como también de las condiciones
meteorológicas que se presenten en
las zonas de cultivo. En resumen, la
utilización excesiva de los plaguicidas
puede tener consecuencias muy
severas , si los costos no se internalizan
por parte de los agricultores y
los sectores gubernamentales.
El porcentaje de irrigación en
tierras arables nos muestra la extensión
de tierra y los recursos de agua
disponibles para ser usados de manera
intensiva, con el propósito de
obtener mejores rendimientos. La
disponibilidad de tierras irrigadas
está relacionada con los procesos de
uso intensivo, pero también implica
efectos negativos potenciales debidos
al monocultivo, la selección de
variedades agrícolas de alto rendimiento
pero que restringen la diversidad
genética, asi como la erosión,
a compactación y la salinización del
suelo. Finalmente, es necesario tener
en cuenta el uso generalizado de
aguas tratadas para el riego, que
puede tener relación con la incidencia
de enfermedades gastrointestinales
y otros problemas de tipo
tóxico.
El uso de energía para la agricultura
es un indicador esencial. La baja utilización de energía imposibilita
al sector agrícola para mantener
un nivel de productividad que le perimita
satisfacer los requerimientos
alimentarios de la población; en contraste,
un consumo excesivo de
energía significará un desperdicio
y contribuye al calentamiento global
y otros efectos adversos sobre el
medio ambiente.
La capacidad de la agrícultura
y de la tecnología para satisfacer la
creciente demanda de alimentos es
incierta. La población mundial está
creciendo tan rápidamente que se
pone en tela de juicio la capacidad
de asegurar la suficiencia alimenticia
de la sociedad. Dar otro uso a la tierra, como en el caso de los
asentamientos humanos regulares e
irregulares, es poner una presión
adicional que limita la capacidad de
respuesta ante las necesidades alimentarias.
Finalmente, la educación agrícola
es muy importante desde el punto
de vista de la sustentabilidad, ya
que se refiere a la posibilidad de que
los seres humanos trabajen con nuevas
tecnologías, seguras, efectivas y
de máxima eficencia.
Conclusiones
La publicación y análisis de estos siete
indicadores nos ayudan a evaluar
y comparar los avances nacionales
en materia de agricultura sustentable
y desarrollo rural, siguiendo la metodología
que ha propuesto la ONU.
Asimismo, la obtención de series de
tiempo que abarcan un lapso de 15
años nos permitió cubrir las necesidades
de información para los tres
conceptos del modelo PER y mostrar
que México se encuentra todavía en
una etapa inadecuada con respecto
a la utilización de plaguicidas y fertilizantes,
y que muchos de los costos
no son todavía internalizados, lo que
trae como consecuencia que el gobierno
utilice medidas restrictivas.
Por otro lado, el indicador de tierra
arable per-cápita muestra una caída
importante a partir de 1985.
Por último, la falta de educación
agrícola indica la necesidad de fortalecer
las políticas públicas y estimular
a la iniciativa privada para
alcanzar y mantener un óptimo nivel
de productividad, incorporando
y apropiándose de tecnologías de
probados beneficios.
Bibliografía
CICLOPAFEST, SARH, SEDESOL,
SECOFI. Catálogo oficial de plaguicidas.México, 1994.
INEGI. Anuario estadistico de los
Estados Unidos Mexicanos, México,
1995.
United Nations. Indicators of sustainable
development. Framework
and methodologies. New York, 1996.
* La elaboración de esta sección estuvo a cargo de los licenciados Miguel Ángel Gallardo López y Sergio Vallejos Ortiz. Dirección General
de Regulación Ambiental, Instituto Nacional de Ecología. Correo electrónico: ecoambi@ine.gob.mx.
Fuente: salud pública de méxico / vol.41, suplemento 2 de 1999